jueves, 28 de junio de 2018

Guillermo Pérez Aranda


Guillermo Pérez-Aranda.

Nací, para bien o para mal, artista y, además, soy raro y algo excéntrico. Así son los gajes de este oficio y no voy. Cuando se es artista y conocido, esas rarezas se vuelven geniales y todo el mundo las imita o las critica; en cualquier caso, se tienen en cuenta, pero, cuando el artista es anónimo, las extravagancias no ayudan demasiado convirtiéndose en claros obstáculos para subsistir en sociedad.
Han dicho de mí que he sido un artista obsceno y también se ha comentado, en algún castizo mentidero de parroquianos beodos y aparentemente sinceros que, si soy inteligente, lo soy, sobre todo, como creador y que si estoy en este mundo es para hacer arte porque para otra cosa, no sirvo.
La literatura fue, en una primera aproximación, un refugio para mí en un mundo que me era hostil, contando historias mientras me aislaba del mundanal ruido. Durante mi adolescencia estuve más vinculado al mundo de la música, pero, primero por el nacimiento de mi hija y después porque, quizá la música no me podía permitir expresar todo lo que había en mi mente y en mi corazón, al final de mi veintena, decidí zambullirme de lleno en las letras para ahogarme y renacer de nuevo como un ave fénix literaria que ya sólo tenía como propósito en la vida: leer y escribir.

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